
lunes 23 de noviembre de 2009
viernes 19 de septiembre de 2008
La vida íntima, parte del arsenal del escritor: Pazarín

Con
–No es usted un novato, pero entre su último libro y la publicación de esta novela median…
–Doce años…
–¿A qué atribuirlo? ¿Qué ocurre con usted en ese tiempo?
Entrevista aparecida en: www.lajornadajalisco.com.mx/
viernes 12 de septiembre de 2008
miércoles 19 de diciembre de 2007
El Oscuro Señor
Algo le dice.
La obesa figura del Oscuro Señor se inclina para depositar un bisbiseo en el oído de la mujer. Yo imagino que a su oreja cae un negro líquido, viscoso y putrefacto. Ella finge no escuchar. Su actitud es de espera.
Amparados por la penumbra de la sala del cine, los dos se buscan. Se retan codiciosos. Lúbricos. Ignoran todo, porque son ignorados. Sólo existe su voz. Su incomprensible voz que algo vuelve a depositar, una semilla salaz.
Ahora la mano del Oscuro Señor entra al bolsillo del pantalón y saca de su billetera la moneda con la que paga a la mujer para que ella recobre su movilidad. Se trata nada menos que de una mujer a la que cae la negra rueda del dinero y se acciona.
El Oscuro Señor vuelve a buscar algo en su pantalón: su mano busca y busca: encuentra. Y la mujer se inclina un instante y las carnes del Oscuro Señor se mueven. Se quedan en temblor. Se deshacen, grasosas. Y corren primero por la butaca y luego al piso, al pasillo, al baño: desaparecen.
La mujer se incorpora ante la nada. Escupe. Se acomoda la ropa y busca. Aparece y desaparece con el resplandor de la luz que proyecta la película de la sala de cine Greta Garbo.
miércoles 12 de diciembre de 2007
El cirio y la muerte [La muerte como recurrencia]

A Juan Domingo Argüelles
Ay muerte tan rigurosa
déjame vivir un día
Romance
Constancia de la muerte
A esta hora, en algún extremo del territorio mexicano alguien muere. Y esa muerte, por anónima que sea, no quedará, por así decirlo, en el olvido. Un trovador rural, un poeta no sin celebridad (aunque sea en la misma ranchería) rasga las cuerdas de su guitarra y compone un corrido. Esa canción hará que una muerte sin sentido, sin aparente importancia, se guarde en la memoria mientras alguien cante los octosílabos en el papel escritos. Esa muerte, pues, no será una que se olvide: mientras una solitaria voz vernácula trove esos versos —en una apartada loma llena de ocotes, y bajo siempre una brillante luz de luna—, el difunto seguirá vivo.
Con seguridad así comenzaron los corridos de El hijo desobediente, o La muerte de Lino Zamora —recopilados por Vicente T. Mendoza en su libro Corridos mexicanos [FCE, 1954]—, ahora para nosotros célebres e inolvidables. De un acontecimiento hasta en ese momento aislado, o de una simple ocurrencia de poetas para algunos improvisados, o para otros con una educación rigurosísima en la versificación, han nacido piezas de gran importancia literaria. El Cancionero mexicano, el que corresponde a los corridos —casi siempre de autores anónimos— ha venido a corresponder a la tradición legada de los romances españoles.
Quién duda, entonces, de la importancia de nuestra cultura nacida del pueblo. La cultura popular, de la que se describe plenamente nuestra identidad, la llamada idiosincrasia nace de la gente del pueblo y después los artistas educados la han tomado para crear —recrear— obras maestras en todas las ramas de arte mayor.
No es un accidente, pues, que uno de nuestros poetas mayores, como lo es Xavier Villaurrutia, hubiera titulado uno de sus libros Nostalgia de la muerte [Teatro y poesía completa de Xavier Villaurrutia, FCE, 1953], así el tema de la muerte en Villaurrutia sea de distinta índole, según Octavio Paz en Xavier Villaurrutia en persona y en obra [FCE, 1978] (“No creo que su tema haya sido la muerte, al menos exclusivamente. Y no lo creo, a pesar de lo que él dice y de lo que así declara el título de su libro, porque en esos poemas el tema de la muerte está asociado estrechamente al del sueño y ambos a la noche.”), por mencionar sólo un ejemplo —puesto que la poesía mexicana culta y popular está íntimamente ligada al tema de la muerte, recordemos únicamente el apartado de ‘Funeraria’ de Mil y un sonetos mexicanos [Recopilador Salvador Novo, Editorial Porrúa, 1963], que hace un enorme recorrido con obra de poetas nacidos desde 1683 (Juan Villa y Sánchez), hasta otro nacido en 1939 (José Emilio Pacheco)—, ni que Guadalupe Posada tomara como su principal tema la muerte —la calavera— en sus grabados.
Recordatorio de la muerte (retablos de la memoria )
La danza macabra
En San Miguel Allende me tocó presenciar (en 1987) los festejos de
Máscaras y disfraces. Baile y música. Religiosidad y descaro. Vida pública y anonimato. Orgía y desencanto. Acercamiento y lejanía. El espectáculo recordaba, más que a la obra de Posada (que es, por decirlo de alguna manera, emblemática y festiva), a la de José Clemente Orozco que es más apocalíptica y terriblista.
El juego popular que presencié, me recordó, también, La danza macabra de Juan Holbein el Joven.
El espectáculo me hizo huir. Corrí entre la muchedumbre hasta llegar a la casa en donde me hospedaba. En el callejón me senté en la banqueta y comencé a llorar.
Años después, al leer las palabras de Paul Westheim [La calavera, FCE, 1983] que describe los motivos de la obra (“La danza macabra hace pensar en la muerte a los que viven despreocupados, sin pensar en su salvación, entregados al juego de las pasiones terrenales...”), pude entender el acontecimiento.
Visión pasajera de la muerte
Camino a la ciudad de México vimos, en el borde de la carretera, un funeral. Cuatro hombres de extracción humilde cargaban un ataúd. Vestían de negro. Una larga hilera de gente los seguía. Las mujeres, que eran muchas, traían en sus brazos alcatraces y margaritas, y en sus labios cantos. Lloraban y cantaban. Festejaban —nos pareció así— y lamentaban la muerte. Las lágrimas en sus rostros nos mostraban su dolor. Mas en sus cantos estaba, de algún modo, la alegría: contradicción. Escuché, en aquella ocasión, canciones que no he vuelto a oír jamás.
Seguimos el féretro por algún tiempo; luego los perdimos en un recodo de la carretera. Les recordé a mis acompañantes, los funerales a los que asistí en la infancia. Traje a mí sobre todo el funeral de un “angelito” y los acontecimientos ocurridos. Los recuerdo ahora, otra vez, después de muchos años...
El cirio y la muerte
En 1981
Entra, desde el fondo del cuarto vacío, hasta elevar los pies del hombre que mira de pie el féretro, la débil luz de una claraboya. No es la única luz en la vacía estancia: hay en el extremo, muy cerca de nuestra mirada, la flama de un único cirio. Parece que esa llamita albeara aún más la blanca tela con la que se cubre el joven difunto. Su oscurecido rostro apenas se ve, no porque no exista, sino que la oscuridad de su muerte se hace visible. Más que un muerto parece un dormido. Su silencio es rotundo. El hombre deja caer su mirada. El que parece que duerme ya no sabe que lo miran. El hombre junta sus manos, en señal de dolor. Su dolor comienza en su alborotada cabellera. Quizá acaba de despertar. Su cabello se eleva de extraña forma y hace que la cabeza tenga un tamaño singular: redonda y triangular a la vez. Nada se oye, sólo la flama que se dibuja con cierta perfección y nombra el silencio. Pero, ¿dice algo el silencio? El cirio se vuelve a iluminar los cuerpos y nada se escucha..., sino el dolor.
Cuando la muerte nos sorprenda, habremos reído
Estaba
sentada en un arenal,
comiendo tortilla fría
pa ver si podía engordar.
Canción popular
Las calaveras de Posada están estrechamente ligadas a los corridos. Y podría decirse que también al periodismo, sobre todo a la llamada nota roja. Sin embargo, contrario al patetismo y morbo que crea la nota roja, las calaveras de Posada reflejan un fino humor que llega a la ironía, al sarcasmo, a la inteligencia.
Algunos historiadores, como es el caso de Rafael Carrillo [Posada y el grabado mexicano, Editorial Panorama, 1987], han aludido que los orígenes de su obra se enclavan en la cultura prehispánica, sin embargo, Carlos Monsiváis en el prólogo a Ustedes les consta [Editorial Era, 1980], nos dice que “sus calaveras no remiten a instintos ancestrales sino al uso magistral de las convenciones de época”. Posada —también lo dice Monsivásis— no pretende horrorizar, sino divertir.
Contrario al sentimiento que causó en Europa su obra (según nos cuenta Paul Westhim en su libro La calavera), a nosotros no hacen reír. Compartimos su humor y sus figuras ahora forman parte de nuestra forma de ser. En el libro La calavera, hay una foto que nos describe con perfección la manera en que hemos asimilado a Posada y su obra: en ésta, están los hijos (muy pequeños) de Alberto Gironella con una calavera mariachi, su risa, que no temor ni espanto, reflejan plenamente cómo nos ha hecho reír la muerte, y que antes que llegue, habremos disfrutado de su compañía.
La que narra es la muerte
Mi madre, cuando yo era un niño, me narró una historia que le había contado mi abuela cuando niña. La disfruté con verdadero placer y temor. Cuando cumplí 25 años leí la obra completa de B. Traven. Macario, esa deliciosa novelita que aún se deja leer, narraba el mismo acontecimiento.
Mi madre no sabe leer. Mi abuela no sabía leer. ¿Quién le contó a mi abuela ese argumento?, lo ignoro. Sin embargo, no deja de sorprenderme que la supiera y que B. Traven ya la hubiera escrito.
Ignoro si la historia es del dominio popular.
Épica de la muerte
Vicente T. Mendoza confiere al corrido un carácter épico-lírico-narrativo. Es, además, agreguemos, la forma poética que mayoritariamente penetra en nuestras clases populares. Por los corridos muchos de nosotros nos hemos enterado de la historia nacional, de los hechos violentos del narcotráfico, de grandes amores y de las tragedias. Cantados por Chalino Sánchez, por Los Tigres del Norte o por Los Alegres de Terán y Las Jilguerillas, los corridos corresponden a nuestra poesía más popular. ¿es acaso el arte popular con el que más nos identificamos?, o ¿es acaso que a partir de la cultura popular existe y se forma nuestro carácter?
Lo que no logra en gran medida el arte culto, los libros en general, lo logran unos versos cantados a media noche en la ciudad o en el campo.
[1999]
martes 11 de diciembre de 2007
Bajo la lluvia

Una efigie femenina flotando en el agua se extiende hacia mí.MASAU IKEDA
Llovía y me detuve un largo instante bajo el toldo del bar. A lo lejos, en la esquina contraria, bajo el farol —chisporroteante de luz y de agua—, como una visión surgida de pronto, miré a una mujer. Fumaba sin que la lluvia la mojara, parecía que lo único que caía sobre sus hombros, recubiertos por un vestido elegante, era la luz. Sin embargo, pese a frotarme los ojos con intención de ver mejor y discernir la visión, en realidad estaba allí la dama de labios encendidos por el carmín: de vez en vez consumía su cigarrillo y dejaba en el aire una diminuta estela ardiente.
Decidí entonces cruzar la calle —solitaria en ese instante de la madrugada—, para encontrar la mirada de la mujer. A mis espaldas, dentro del bar, en ese momento sonó una vieja melodía de Dick Johnson en la rocola. Con seguridad la habían elegido mis amigos, a quienes abandoné por no encontrar, esa noche, puntos de acuerdo para emprender una larga conversación sin disputas.
Salí dejándoles hundirse en su ebriedad, sin rencores y sin deseos de seguir en la mesa donde las viejas prostitutas ya eran un fastidio lamentable.
Fui al encuentro de la madrugada, recubierta de lluvia iridiscente por las luces artificiales. Dejé terminar la melodía de Johnson, antes de emprender el camino hacia la mujer bajo el farol.
Sentí poco después mi espalda humedecerse.
Caminé directo al círculo de luz, en donde la dama, seductora, me miró por vez primera. Adiviné unos ojos grises. Una mirada, pude ver ya más cerca, triste y a la vez feliz, atrayente. Sus labios se abrieron para otorgarme una sonrisa de bienvenida, aunque aún faltaban unos metros para llegar a ella.
Un súbito auto alumbró la calle y yo cerré los ojos; la luz sobre la mirada oscureció de pronto mi visión y caminé en la total ceguera. La mitad de la calle estuve dentro de un mundo de oscuridad, pero supe que había llegado a su presencia porque percibí el delicado perfume, que traía en abundancia.
Cerré los ojos y en seguida los abrí: lo que miré fue la lluvia caer sobre mi rostro y la luz del arbotante; mi nariz olfateó el rico humo de un cigarrillo que, en el suelo mojado, estaba a punto de extinguir su última brasa. Pero no estaba ya la mujer. La busqué, pero fue inútil: se había marchado o desaparecido, como una visión que solamente hubiera estado en mis ojos.
Permanecí un largo tiempo bajo la luz del farol.
La lluvia, que había persistido como un claro silencio, en ese momento incrementó su caída...
