lunes 23 de noviembre de 2009




viernes 19 de septiembre de 2008

La vida íntima, parte del arsenal del escritor: Pazarín


RICARDO SOLIS


Con La Jornada Jalisco platicó el escritor jalisciense Víctor Manuel Pazarín (Zapotlán el Grande, 1963), publicó recientemente su primera novela, Cazadores de gallinas (Rémora/Tintanueva, 2008), y habrá de presentarla, este próximo lunes 22 de septiembre, en la ciudad de México.

–No es usted un novato, pero entre su último libro y la publicación de esta novela median…

–Doce años…

–¿A qué atribuirlo? ¿Qué ocurre con usted en ese tiempo?

–En 12 años, en al menos ocho de ellos hay una circunstancia muy importante para mí, la vida íntima. En los últimos cuatro o cinco libros que estoy escribiendo, esa es una parte fundamental. Cómo he vivido y me ha permitido vivir –quién comparte conmigo mi vida– y que no voy a revelar, salvo de manera ficcional. Creo que gran parte del arsenal de un escritor es la vida íntima. Bueno o malo el escritor, eso no importa. Lo esencial es cómo y con qué intensidad se vive eso. Esa es la gran diferencia entre un libro publicado en 1996 y uno de 2008. Además, aquél era de poesía, éste es fabulación narrativa…

–En Cazadores de gallinas, para entrar en materia, nos enfrentamos a un personaje que enfrenta diversas circunstancias, se ve obligado a tomar decisiones y culmina una transformación. ¿Se pensó como una suerte de novela con ese desarrollo?

–En realidad, la novela nace de una venganza. Creo que la venganza ha sido uno de los grandes motivos de la literatura en el mundo. Esta novela tiene que ver con una negativa para publicar otra, ya escrita, hace más tiempo, de la que me dijeron que era ‘muy intelectualizada’, ‘difícil’ y fuera de los criterios que (al menos dos editoriales) en la ciudad de México solicitaban. Entonces, me dije que escribiría algo ‘más comercial’. Para mi sorpresa, resulta que no puedo escribir ‘literatura comercial’, al menos como se concibe en el mercado. No podría caer en esa red actual de la literatura mexicana, en la que se exige que se escriba de un modo o de otro, porque es ‘lo que se vende’. Lo que yo descubro es, entonces, cómo procede mi manera de formular la imaginación, cómo un pensamiento (sin decir si es bueno o malo) funciona; y descubro un poco más de mí. De hecho, creo que todo lo que yo he escrito –para mí– tiene un sentido de formación, de ofrecerme como objeto para redimir asuntos personales, todo en mí tiene que ver con superar eso. Todo lo que vaya a escribir tendrá, pienso, que ver con eso, porque tengo muchas deudas con la vida, y debo pagarlas. Lo importante, aquí, es que hay un producto de esa entrega. Así surgió Cazadores de gallinas que es, en alguna medida, un infierno.

–Pero puede verse también como un infierno no exento de humor, de situaciones que provocan risa en el encuentro de un personaje con otro.

–Y qué en la vida no es ridículo. Cómo no asumir la ridiculez. Reconocer cómo, a lo largo del tiempo, uno puede ver como ridículo algo que en su momento fue un problema. A la larga, claro, se superan o se ven con mayor inteligencia o preparación humana. Por eso hay que retratar también la ridiculez, hay que saber desnudarse para saber ver lo ridículo que uno fue, o lo ridículo que los personajes son. Quien se sustrae tiene que ver la ridiculez de las acciones humanas.

–Y tiene, en esta novela, que ver con la desnudez en más de un sentido. El centro situacional parece siempre estar relacionado con algo de carácter erótico.

–El erotismo nos proporciona, según mi apreciación, un modo muy claro de la existencia: enfrentarnos a nosotros mismos ante el otro, completamente en desnudez. Pero cuando el erotismo llega a su culminación (y puede llegar a ser místico, incluso), es cuando uno se desvela y se quita los tabúes para ser uno mismo, en la desnudez que uno es en la realidad. El vestir, sabemos, es una forma del pudor. Cuando uno evita o salva esos pudores, el erotismo puede ser total, profundo, elevado.

–Tomando en cuenta que el personaje central es un realizador de cine, o pretende serlo, eso introduce en la novela las ideas acerca de la representación y los modos como opera para describir o referir las cosas…

–Si hablo, como autor, de la escritura (el cine es una forma de escritura) es porque es un tema que me es cercano, y es un problema, y los problemas de la escritura me quitan el sueño, las palabras, todo lo que tenga que ver con la imaginación e involucre el lenguaje me quita el sueño. Entonces, la novela está plagada de eso. No es fortuito. Casi nada de lo que ocurre en esa novela lo es. Hubo siempre una intención muy clara. He vuelto a leerla y descubro que quien la escribió sabía lo que quería decir.

–A pesar de los registros múltiples, variados, de la estructura hay una conexión enorme, como si se buscara aparentar la fragmentación…

–Es una novela fragmentaria. El pensamiento lo es, lo mismo que la imaginación. La novela refleja un modo de pensar, una actitud ante las cosas. Donde se establece la conexión, creo, es en el drama, porque ahí hay una totalidad –creo– que se revela en la lectura, una línea clara de que el dolor es uno de los factores más importantes para constituir la tragedia, la situación difícil para cada personaje…

–Un dolor percibible pero no referido, un espacio donde caben ironía y humor ¿es parte de su idea de escritura?

–Sí. Es una manera de proceder, no creo que haya un método. Simplemente es un descubrimiento –pienso– de mí mismo.

–Si hay humor es porque la escritura salva de situaciones que quizá se vivieron y no se entiende por qué ocurrieron, aunque después se descubra que todo fue ridículo, que todo podía salvarse, pero el drama personal se vivió tan fuertemente que produjo sufrimiento. Nadie se salva del dolor. No hay razón para ‘decir’ el dolor cuando se manifiesta en los personajes”.

–Tanto mejor, entonces, sí se cumplen dichas condiciones ¿no?

–Toda literatura es colateral, es decir, describe asuntos humanos y el lector es quien debe corresponder a esa intención de los autores. No es necesario colocar a un personaje en una situación manifiesta de dolor para que se perciba. El dolor físico genera, por lo general, una reacción notable; cuando se siente dolor espiritual (o ‘del alma’, como se decía antiguamente) depende de la dignidad con que se viva el cómo se manifiesta a cada instante ese dolor. Así, un personaje digno no tiene por qué ser maniqueo ni un ser tan –valga el término– ‘claridoso’.

–Tanto más, también, ligada a la vida una literatura a la que llegamos para no categorizar sino vivirla, ¿es así?

–El lenguaje en la literatura, como toda otra forma de arte, debe ser artificioso, pero no tiene por qué ser falso. Los personajes, de este modo, se construyen partiendo de la experiencia personal como un conjunto, los personajes son múltiples (no convive en ellos un solo carácter o se basan en una sola persona).

–Respecto del entorno ¿era su propósito hacer una novela ubicada en Guadalajara?

–En las dos novelas que escribí con anterioridad, rehuí hablar de Guadalajara (porque la llamé Ciudad Perdida, haciendo una referencia bíblica). Pero se trata de una trilogía. Curiosamente, Cazadores de gallinas es la tercera parte pero se publica primero; en ella, algo me obligó a hablar de Guadalajara. Y me siento tan a gusto que, desde ahora, pienso (y advierto que no soy el gran escritor pero hago lo que puedo), voy a estar siempre en dos puntos narrativos, dos zonas geográficas: una, Zapotlán y, otra, Guadalajara. Y, sólo tal vez, Tonalá (donde ahora vivo y en este momento conversamos), que es un gran pueblo. Todas con un carácter distinto, claro. Creo que la geografía obliga a generar historias diferentes…

–El espacio parece ser un condicionante definitivo…

–Yo lo creo así…

–Por último, la escritura (que yo llamaría ‘móvil’) presenta un dinamismo que conduce al lector con ligereza a través de las acciones ¿hay diferencia respecto de las novelas anteriores de la trilogía?

–La primera novela tiene mucha acción, pero es distinta a la siguiente, que es una novelita –donde las situaciones de los personajes emparientan la primera con esta última– ‘mental’, por eso es breve (apenas 90 cuartillas). Cazadores… tiene mucho que ver con la cartografía del espíritu y la de la ciudad. No la concebiría en otro sitio que no fuera Guadalajara, sería otra cosa. Su estructura obedece, pienso, al ser y sentir de los personajes, no podría ser lineal (sería imposible). La ‘movilidad’ de la que hablas, la hace –creo– el hecho de que se trata de una novela de muchas voces, diversos registros narrativos y puntos de vista diferenciados. De algún modo, está concebida por los personajes. Y porque se trata de un paso; un enorme paseo de 35 años por esta ciudad.

Entrevista aparecida en: www.lajornadajalisco.com.mx/

viernes 12 de septiembre de 2008


miércoles 19 de diciembre de 2007

El Oscuro Señor

Algo le dice.

La obesa figura del Oscuro Señor se inclina para depositar un bisbiseo en el oído de la mujer. Yo imagino que a su oreja cae un negro líquido, viscoso y putrefacto. Ella finge no escuchar. Su actitud es de espera.

Amparados por la penumbra de la sala del cine, los dos se buscan. Se retan codiciosos. Lúbricos. Ignoran todo, porque son ignorados. Sólo existe su voz. Su incomprensible voz que algo vuelve a depositar, una semilla salaz.

Ahora la mano del Oscuro Señor entra al bolsillo del pantalón y saca de su billetera la moneda con la que paga a la mujer para que ella recobre su movilidad. Se trata nada menos que de una mujer a la que cae la negra rueda del dinero y se acciona.

El Oscuro Señor vuelve a buscar algo en su pantalón: su mano busca y busca: encuentra. Y la mujer se inclina un instante y las carnes del Oscuro Señor se mueven. Se quedan en temblor. Se deshacen, grasosas. Y corren primero por la butaca y luego al piso, al pasillo, al baño: desaparecen.

La mujer se incorpora ante la nada. Escupe. Se acomoda la ropa y busca. Aparece y desaparece con el resplandor de la luz que proyecta la película de la sala de cine Greta Garbo.

miércoles 12 de diciembre de 2007

El cirio y la muerte [La muerte como recurrencia]


A Juan Domingo Argüelles

Ay muerte tan rigurosa

déjame vivir un día

Romance

Constancia de la muerte

A esta hora, en algún extremo del territorio mexicano alguien muere. Y esa muerte, por anónima que sea, no quedará, por así decirlo, en el olvido. Un trovador rural, un poeta no sin celebridad (aunque sea en la misma ranchería) rasga las cuerdas de su guitarra y compone un corrido. Esa canción hará que una muerte sin sentido, sin aparente importancia, se guarde en la memoria mientras alguien cante los octosílabos en el papel escritos. Esa muerte, pues, no será una que se olvide: mientras una solitaria voz vernácula trove esos versos —en una apartada loma llena de ocotes, y bajo siempre una brillante luz de luna—, el difunto seguirá vivo.

Con seguridad así comenzaron los corridos de El hijo desobediente, o La muerte de Lino Zamora —recopilados por Vicente T. Mendoza en su libro Corridos mexicanos [FCE, 1954]—, ahora para nosotros célebres e inolvidables. De un acontecimiento hasta en ese momento aislado, o de una simple ocurrencia de poetas para algunos improvisados, o para otros con una educación rigurosísima en la versificación, han nacido piezas de gran importancia literaria. El Cancionero mexicano, el que corresponde a los corridos —casi siempre de autores anónimos— ha venido a corresponder a la tradición legada de los romances españoles.

Quién duda, entonces, de la importancia de nuestra cultura nacida del pueblo. La cultura popular, de la que se describe plenamente nuestra identidad, la llamada idiosincrasia nace de la gente del pueblo y después los artistas educados la han tomado para crear —recrear— obras maestras en todas las ramas de arte mayor.

No es un accidente, pues, que uno de nuestros poetas mayores, como lo es Xavier Villaurrutia, hubiera titulado uno de sus libros Nostalgia de la muerte [Teatro y poesía completa de Xavier Villaurrutia, FCE, 1953], así el tema de la muerte en Villaurrutia sea de distinta índole, según Octavio Paz en Xavier Villaurrutia en persona y en obra [FCE, 1978] (“No creo que su tema haya sido la muerte, al menos exclusivamente. Y no lo creo, a pesar de lo que él dice y de lo que así declara el título de su libro, porque en esos poemas el tema de la muerte está asociado estrechamente al del sueño y ambos a la noche.”), por mencionar sólo un ejemplo —puesto que la poesía mexicana culta y popular está íntimamente ligada al tema de la muerte, recordemos únicamente el apartado de ‘Funeraria’ de Mil y un sonetos mexicanos [Recopilador Salvador Novo, Editorial Porrúa, 1963], que hace un enorme recorrido con obra de poetas nacidos desde 1683 (Juan Villa y Sánchez), hasta otro nacido en 1939 (José Emilio Pacheco)—, ni que Guadalupe Posada tomara como su principal tema la muerte —la calavera— en sus grabados.

Recordatorio de la muerte (retablos de la memoria)

La danza macabra

En San Miguel Allende me tocó presenciar (en 1987) los festejos de la Semana Santa. Por las calles que bordean la Plaza de Armas vi, no sin asombro, parte del convite, del carnaval.

Máscaras y disfraces. Baile y música. Religiosidad y descaro. Vida pública y anonimato. Orgía y desencanto. Acercamiento y lejanía. El espectáculo recordaba, más que a la obra de Posada (que es, por decirlo de alguna manera, emblemática y festiva), a la de José Clemente Orozco que es más apocalíptica y terriblista.

El juego popular que presencié, me recordó, también, La danza macabra de Juan Holbein el Joven.

El espectáculo me hizo huir. Corrí entre la muchedumbre hasta llegar a la casa en donde me hospedaba. En el callejón me senté en la banqueta y comencé a llorar.

Años después, al leer las palabras de Paul Westheim [La calavera, FCE, 1983] que describe los motivos de la obra (“La danza macabra hace pensar en la muerte a los que viven despreocupados, sin pensar en su salvación, entregados al juego de las pasiones terrenales...”), pude entender el acontecimiento.

Visión pasajera de la muerte

Camino a la ciudad de México vimos, en el borde de la carretera, un funeral. Cuatro hombres de extracción humilde cargaban un ataúd. Vestían de negro. Una larga hilera de gente los seguía. Las mujeres, que eran muchas, traían en sus brazos alcatraces y margaritas, y en sus labios cantos. Lloraban y cantaban. Festejaban —nos pareció así— y lamentaban la muerte. Las lágrimas en sus rostros nos mostraban su dolor. Mas en sus cantos estaba, de algún modo, la alegría: contradicción. Escuché, en aquella ocasión, canciones que no he vuelto a oír jamás.

Seguimos el féretro por algún tiempo; luego los perdimos en un recodo de la carretera. Les recordé a mis acompañantes, los funerales a los que asistí en la infancia. Traje a mí sobre todo el funeral de un “angelito” y los acontecimientos ocurridos. Los recuerdo ahora, otra vez, después de muchos años...

El cirio y la muerte

En 1981 la Sep-Fonapas editó un libro a la vez hermoso y terrible: Niños. Hermoso porque nos recuerda la infancia, desde la época prehispánica hasta nuestros días. Y terrible por algunas fotografías, pinturas y retablos de niños muertos. En este libro hay una fotografía [de Lázaro Blanco] que me sorprende y me duele. Me recuerda la muerte prematura de amigos de la infancia. Me atrevo a describirla:

Entra, desde el fondo del cuarto vacío, hasta elevar los pies del hombre que mira de pie el féretro, la débil luz de una claraboya. No es la única luz en la vacía estancia: hay en el extremo, muy cerca de nuestra mirada, la flama de un único cirio. Parece que esa llamita albeara aún más la blanca tela con la que se cubre el joven difunto. Su oscurecido rostro apenas se ve, no porque no exista, sino que la oscuridad de su muerte se hace visible. Más que un muerto parece un dormido. Su silencio es rotundo. El hombre deja caer su mirada. El que parece que duerme ya no sabe que lo miran. El hombre junta sus manos, en señal de dolor. Su dolor comienza en su alborotada cabellera. Quizá acaba de despertar. Su cabello se eleva de extraña forma y hace que la cabeza tenga un tamaño singular: redonda y triangular a la vez. Nada se oye, sólo la flama que se dibuja con cierta perfección y nombra el silencio. Pero, ¿dice algo el silencio? El cirio se vuelve a iluminar los cuerpos y nada se escucha..., sino el dolor.

Cuando la muerte nos sorprenda, habremos reído

Estaba la Muerte un día

sentada en un arenal,

comiendo tortilla fría

pa ver si podía engordar.

Canción popular

Las calaveras de Posada están estrechamente ligadas a los corridos. Y podría decirse que también al periodismo, sobre todo a la llamada nota roja. Sin embargo, contrario al patetismo y morbo que crea la nota roja, las calaveras de Posada reflejan un fino humor que llega a la ironía, al sarcasmo, a la inteligencia.

Algunos historiadores, como es el caso de Rafael Carrillo [Posada y el grabado mexicano, Editorial Panorama, 1987], han aludido que los orígenes de su obra se enclavan en la cultura prehispánica, sin embargo, Carlos Monsiváis en el prólogo a Ustedes les consta [Editorial Era, 1980], nos dice que “sus calaveras no remiten a instintos ancestrales sino al uso magistral de las convenciones de época”. Posada —también lo dice Monsivásis— no pretende horrorizar, sino divertir.

Contrario al sentimiento que causó en Europa su obra (según nos cuenta Paul Westhim en su libro La calavera), a nosotros no hacen reír. Compartimos su humor y sus figuras ahora forman parte de nuestra forma de ser. En el libro La calavera, hay una foto que nos describe con perfección la manera en que hemos asimilado a Posada y su obra: en ésta, están los hijos (muy pequeños) de Alberto Gironella con una calavera mariachi, su risa, que no temor ni espanto, reflejan plenamente cómo nos ha hecho reír la muerte, y que antes que llegue, habremos disfrutado de su compañía.

La que narra es la muerte

Mi madre, cuando yo era un niño, me narró una historia que le había contado mi abuela cuando niña. La disfruté con verdadero placer y temor. Cuando cumplí 25 años leí la obra completa de B. Traven. Macario, esa deliciosa novelita que aún se deja leer, narraba el mismo acontecimiento.

Mi madre no sabe leer. Mi abuela no sabía leer. ¿Quién le contó a mi abuela ese argumento?, lo ignoro. Sin embargo, no deja de sorprenderme que la supiera y que B. Traven ya la hubiera escrito.

Ignoro si la historia es del dominio popular.

Épica de la muerte

Vicente T. Mendoza confiere al corrido un carácter épico-lírico-narrativo. Es, además, agreguemos, la forma poética que mayoritariamente penetra en nuestras clases populares. Por los corridos muchos de nosotros nos hemos enterado de la historia nacional, de los hechos violentos del narcotráfico, de grandes amores y de las tragedias. Cantados por Chalino Sánchez, por Los Tigres del Norte o por Los Alegres de Terán y Las Jilguerillas, los corridos corresponden a nuestra poesía más popular. ¿es acaso el arte popular con el que más nos identificamos?, o ¿es acaso que a partir de la cultura popular existe y se forma nuestro carácter?

Lo que no logra en gran medida el arte culto, los libros en general, lo logran unos versos cantados a media noche en la ciudad o en el campo.

[1999]

martes 11 de diciembre de 2007

Bajo la lluvia


Una efigie femenina flotando en el agua se extiende hacia mí.

MASAU IKEDA


Llovía y me detuve un largo instante bajo el toldo del bar. A lo lejos, en la esquina contraria, bajo el farol —chisporroteante de luz y de agua—, como una visión surgida de pronto, miré a una mujer. Fumaba sin que la lluvia la mojara, parecía que lo único que caía sobre sus hombros, recubiertos por un vestido elegante, era la luz. Sin embargo, pese a frotarme los ojos con intención de ver mejor y discernir la visión, en realidad estaba allí la dama de labios encendidos por el carmín: de vez en vez consumía su cigarrillo y dejaba en el aire una diminuta estela ardiente.
Decidí entonces cruzar la calle —solitaria en ese instante de la madrugada—, para encontrar la mirada de la mujer. A mis espaldas, dentro del bar, en ese momento sonó una vieja melodía de Dick Johnson en la rocola. Con seguridad la habían elegido mis amigos, a quienes abandoné por no encontrar, esa noche, puntos de acuerdo para emprender una larga conversación sin disputas.
Salí dejándoles hundirse en su ebriedad, sin rencores y sin deseos de seguir en la mesa donde las viejas prostitutas ya eran un fastidio lamentable.
Fui al encuentro de la madrugada, recubierta de lluvia iridiscente por las luces artificiales. Dejé terminar la melodía de Johnson, antes de emprender el camino hacia la mujer bajo el farol.
Sentí poco después mi espalda humedecerse.
Caminé directo al círculo de luz, en donde la dama, seductora, me miró por vez primera. Adiviné unos ojos grises. Una mirada, pude ver ya más cerca, triste y a la vez feliz, atrayente. Sus labios se abrieron para otorgarme una sonrisa de bienvenida, aunque aún faltaban unos metros para llegar a ella.
Un súbito auto alumbró la calle y yo cerré los ojos; la luz sobre la mirada oscureció de pronto mi visión y caminé en la total ceguera. La mitad de la calle estuve dentro de un mundo de oscuridad, pero supe que había llegado a su presencia porque percibí el delicado perfume, que traía en abundancia.
Cerré los ojos y en seguida los abrí: lo que miré fue la lluvia caer sobre mi rostro y la luz del arbotante; mi nariz olfateó el rico humo de un cigarrillo que, en el suelo mojado, estaba a punto de extinguir su última brasa. Pero no estaba ya la mujer. La busqué, pero fue inútil: se había marchado o desaparecido, como una visión que solamente hubiera estado en mis ojos.
Permanecí un largo tiempo bajo la luz del farol.
La lluvia, que había persistido como un claro silencio, en ese momento incrementó su caída...