jueves 20 de mayo de 2010

Sobre Ardentía, libro de poemas de Víctor Manuel Pazarín


Ricardo Solís

Como bien reza el epígrafe de Pasternak que abre el libro —aunque sólo me baso en mis impresiones para decirlo— sólo nos convertimos en “personas de verdad” gracias a “aquellos que hemos amado o hemos tenido oportunidad de amar”; esto es, creo decididamente que nada sino el vituperado y desdeñado amor nos coloca de frente a lo que somos, nos dice ante nosotros mismos y los demás, nos revela vulnerables y concretos, hechos de barro simple, de hermosa y rutilante porquería.
En este sentido, para hablar de Ardentía como un libro, sería preciso reconocer su “rareza”, su convicción infrecuente por colocar ante el deformado cristal de la lectura una celebración que es, a un tiempo, condena: el periplo del testigo (porque no debe olvidar que un martyr es, ante todo (y etimológicamente), presencia que puede ofrecer testimonio ya que experimenta desde la impresión hasta la sensación, de la distancia hasta la carne) que dice el amor, su amor, a partir de una escritura que busca desnudarse, mostrar desde la referencia y el silencio —esos polos que cargan y vacían de sentido las palabras— que alguien nos ha marcado o hecho acceder a la compleja y común voluntad de permitirnos ser marcados (lo que Cernuda, presente asimismo en estos textos, llamó “la libertad de estar preso en alguien” cuyo nombre no puede pronunciarse “sin escalofrío”).
Pero la “rareza” que menciono tiene más que ver con las posibilidades que genera el texto a partir de no buscarlas, es decir, si bien existe un tono confesional, el fraseo se sostiene a partir de una música y un marco simbólico y referencial muy antiguos (me parece claro que la primera “noticia” rítmica y evocativa que denuncian los textos proviene de El Cantar de los Cantares), además, no se cae en la gratuita complejización a partir de un trastrocamiento sintáctico o la dilatación metafórica o la elección de terminología infrecuente, se dice —pareciera— simplemente (puesto que resulta notable el orden y la económica precisión), con la apariencia de verdad que conceden la alegría y el dolor (con su consabido ramaje en que intervienen el grito, la risa, la mudez o el llanto), el presentimiento y la erotización de los variados “tiempos” que determinan los encuentros y separaciones, la presencia y la ausencia, el cuerpo acechado sin descanso por —para seguir las imágenes del libro— “la pantera”, salvaje e investida de alusiones.
En Ardentía confluyen el lenguaje que adopta el amante para revelarse y la fuerza expresiva con que ese mismo lenguaje descansa su peso en la duda y el convencimiento, en las fisuras que se tornan comunes con el paso de los días, en las palabras con que todavía puede aspirar la tribu a reconocerse. De ahí, y perdonen la insistencia, su “rareza” como libro. Decisiones como la de entregarse a la escritura de un texto con estas características no están exentas de riesgo, valor y arrojo; algo que no resulta común en la poesía mexicana actual (que, como cualquier cosa, no deja de verse afectada por ventarrones modales, brisas de olvido, soplidos formales sin novedad o mezquinos huracanes de halago insensato o crítica torcida).
“No son tiempos”, me dijo alguien recientemente, “de andar haciendo libros que traten ‘abiertamente’ del amor”; y no me queda muy claro si la inconveniencia procede del nefando prestigio de la palabra en la actualidad o, de plano, de una “inversión” que deja a quien escribe al amparo, estrictamente, de una forma que sea incapaz de “provocar” o “despertar” lo que sea en el inexplicable jardín de las emociones. Si es que se trata de un ardid ancestral al que se juzga gastado o pariente de la ridiculez, debo entonces colocarme de lado de los fanáticos irredentos que elevan su plegaria antes de cada atentado verbal que detone la mejor cursilería, melosa y en desuso.
Pero, gratamente, Ardentía no se ubica en esos territorios; antes bien, agrupa textos que pueden leerse en sucesión y despiertan la cosquilla incómoda de vernos en un espejo roto, aquel que nos hace reparar en detalles que oculta lo cotidiano (tan dado a convencernos de generalizar la trizadura y despreciar la mancha, las imperfecciones, el golpe de dados que nos puso de frente a su superficie). Si Víctor Manuel Pazarín ha escrito, desde y para sí, este breve collar (y lo digo pensando en esa tradición cantada que al-Andalous nos enseñó a venerar) de cuentas intensas, habrá que agradecer que su saldo sea —como en los poemas verdaderos— una limpia suspensión, una espera, un silencio detenido que confronta al tiempo.
Sólo podemos ser “personas de verdad”, reitero, en el momento que aceptamos la burda maravilla de que pudimos amar, de que reconocimos la posibilidad y la tomamos, de que asumimos la culpa y la consecuencia de mirar dentro de uno mismo para dar con el miedo y la pasión (esa enroscada serpiente que decía Isaac Bashevis Singer) que nos hacen ser en otro. Amar no debe ser otra cosa más que saber ser en otro. Y esto nada tiene que ver con el bien o el mal, simplemente es. De ahí que esté tentado a decir “gracias”, de nuevo, porque me refiero a un libro que —como no muchos— merece ser leído, que no es poco.