
Canta, oh musa, la cólera del pélida Aquiles…
Homero
No imagino al ciego Homero —en sus atribuidas obras la Ilíada y la Odisea— celebrando las múltiples tragedias que con horror debieron vivir sus antecesores; lo imagino, en todo caso, rememorando las batallas para responder a la memoria y trascender con ésta la propia Historia. Homero cantó. Homero recordó. Homero dispuso a las generaciones futuras los datos (quizás imprecisos y plagados de algo que llamamos mito y, acaso algunos datos fidedignos que aún sobrevivían de la antigua realidad). ¿Debemos celebrar los mexicanos el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución? Desde hace dos años he venido escribiendo, en diferentes medios informativos, artículos sobre algunos personajes de dichas gestas mexicanas. Y no los he invocado para celebrarlos ni describirlos con solemnidad, sino para hacer un ejercicio de crítica y para, sobre todo, una fija muestra de que no surgimos como sociedad de una manera espontánea, sino, muy al contrario: somos producto de nuestros antecesores. De allí proviene nuestra manera de ser, de proceder y de actuar con nuestra propia realidad actual. Repensar los hechos con malicia y atención, nos llevaría, si se hace bien, a no volver a cometer el pecado histórico de la crueldad, de la molicie, de la tragedia violenta… Pero ahora, da el caso, que vivimos una terrible violencia sin parangón. Aquellos personajes sobresalientes de 1810 y 1910 vivieron una situación histórica muy distinta a la nuestra. Hoy parecería que los principios que nos empujan a sobrevivir y a trabajar duro no están ligados a la fuerza de una libertad, de una liberación, de una manifestación de ideales. Hoy estamos presos de la violencia por la violencia. Algo que resulta, en todo caso, una forma pornográfica de actuar, de vivir y de obrar. El miedo a la muerte —ha dicho, Marguerite Duras—, decide la vida. Es una verdad que hoy nos acongoja y nos permite saber que es la vida lo que nos interesa. Los poetas, los artistas, los narradores, los creadores de este país y la sociedad en general, no deberían pensar que estos artilugios históricos son para celebrar o para sentirnos más mexicanos que nunca, como nos lo hace entender el gobierno de Felipe Calderón… Pero, ¿sería de otra manera si se encontrara otro grupo político y otro personaje en el poder? Seguramente sería lo mismo. ¿Entonces debemos celebrar? Yo diría que lo propio es repensarnos como seres históricos y como sociedad a la luz de las antiguas hazañas revolucionarias. Yo lo que he venido haciendo —para placer de la imaginación y el pensamiento—, es aprovechar el legado del mito y de la realidad actual y trato de reflexionar sobre los hechos en sí. Procuro darle elementos a la imaginación y hacer historias que provengan de todo lo vivido por quienes nos antecedieron. La historia, como le ocurrió al rapsoda griego, debe otorgarnos elementos para que nuestras vidas se cumplan a plenitud y, con ellas, hacer y repensar la tradición. Es desde la imaginación desde donde debemos actuar para hacer el intento de modificar nuestra horrible realidad actual. No celebremos, actuemos. Modifiquemos muestro entorno cotidiano actuando con coherencia, honestidad y verdad; repensemos nuestra condición social, aprovechemos los mejores ejemplos del pasado; volvamos a la cultura del cumplimiento estricto de la ley, hagamos —gobierno y sociedad— nuevas leyes y un mejor país. Logremos la realización de una revolución cultural con épicas imaginarias que posibiliten una vida mejor y una notable y óptima sociedad mexicana, a la altura de las circunstancias del mundo y de nuestro pueblo.
* Texto leído el pasado 15 de agosto, durante el acto en el cual se celebró el 477 aniversario de la fundación española de Santa María de la Asunción de Zapotlán (que realizara Fray Juan de Padilla en 1533), y me fue otorgada la Presea al Mérito Ciudadano 2010 de manos del alcalde Anselmo Ábrica. La iniciativa fue presentada por el cronista Fernando G. Castolo, a quien dedico esta página en agradecimiento.

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